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Veinticuatro horas en la frontera del Golfo

Texto y fotos: Juan E. Flores Mateos

Como cada año, madres centroamericanas recorrieron en Caravana el territorio mexicano en busca de sus hijos migrantes. En esta ocasión, el grupo decidió dividirse y una fracción viajó hasta Tamaulipas para presentar denuncias por la desaparición de los suyos, dar sus muestras de sangre, indagar en albergues, calles, oficinas de gobierno. Para estos padres será la primera vez que vean el río por donde mueren o desaparecen sus hijos.

REYNOSA, Tamps.- Justo antes de que le tomen una muestra de su perfil genético, de los primeros hechos en Tamaulipas a padres de migrantes, Walter Omar Jarquín cuenta sobre su hijo desaparecido: David Alexander Jarquín Pineda cuyo último contacto fue en esta ciudad el 1 de Julio de 2014.

“Nosotros somos panaderos. Y vamos de un lado a otro por la calle. En algún momento nos metimos con la novia del jefe de la mara. Nos estaba pitando y yo le di dos opciones: que pasara o se esperara. Ella nos dijo ‘van a ver, los vamos a matar’. Yo enojado la insulté. Más adelante nos alcanzaron los bichos. Por órdenes del jefe de la mara pandilleros del Barrio 18 nos rodearon para pegarnos un descontón como ellos le llaman a los 18 minutos que uno debe someterse en el suelo a sus golpes y patadas… esa fue la razón por la que mi hijo decidió irse a los Estados Unidos por segunda vez, ya estaba harto de esas cosas”.

Walter Omar es uno de los miles de padres centroamericanos que buscan a sus hijos en México, pero de los pocos que pueden llegar, gracias a la Caravana de Madres Centroamericanas, al punto del último contacto e interponer una denuncia por su desaparición.

La Caravana llegó hasta la frontera norte, en Tamaulipas. Las región donde han ocurrido los peores crímenes contra migrantes: la masacre de 72 de ellos, las fosas con casi 200 cuerpos en San Fernando y el hallazgo de 49 dorsos desmembrados, presumibles de migrantes. La denuncia de Walter Omar será la primera que un padre centroamericano haga en Reynosa “por privación ilegal de la libertad” y se asentará ante la Unidad de Atención Temprana.

Don Omar Jarquín vive en Soyapango, San Salvador. Es una de las zonas industriales más importantes de su país y además está cundida por mareros. Estimaciones de la policía refieren que 7 de cada 10 jóvenes de Soyapango pertenecen a las pandillas: por ende su población está sometida a ellas.

“Yo ya había perdido un hijo. Tenía 23 años. Su nombre era Servelio Jarquín Pineda…le pegaron un cuetazo. Él no era nada (pandillero) pero es que allá en El Salvador tú puedes llevarte con uno que a su vez puede llevarse con otro, y a lo mejor ese otro es pandillero. Entonces los de la otra pandilla lo ven y se desquitan con el que menos tiene que ver…”

David Alexander, el hijo a quien don Omar busca en Reynosa este noviembre del 2016, salió de casa el 1 de junio de 2014 con destino a Houston, donde lo esperaba un familiar de su mamá. Para que David llegara a la frontera desde Chiapas, Walter pagó mil 900 dólares a un pollero apodado El Flaco. Ya en Reynosa, depositó más dinero para cruzarlo. Pero un mes después, David Alexander no volvió a responder el teléfono.

En total, don Omar Jarquín pagó 8 mil dólares para que su hijo llegara a la frontera, la cruzara y llegara a Houston. Para eso vendió su camioneta, perdió su casa, vendió un cuete (pistola), y otros objetos personales.

“El encargado, un hombre que le dicen El Flaco, está marcado de debajo de la cara, me dijo que el dinero nunca había sido depositado. Que según me equivoqué. Antes de no saber más de mi hijo, él me llamó y me pidió otros 500 dólares. Yo ya no tenía y mi hijo me decía que si no se los depositaba no lo iban a cruzar. Como pude los reuní pero en la última llamada mi hijo me dijo que en 5 días llegaba a McAllen. De esos 5 días se han hecho ya dos años”.

La frontera de Reynosa

Todos los días por esta frontera cruzan sin documentos cientos de migrantes centroamericanos. De nada ha servido el muro alto que Estados Unidos ha puesto al otro lado del río. El negocio que el Cártel del Golfo tiene en contubernio con las autoridades tiene la capacidad para brincar eso y más.

El Cártel del Golfo tiene el control de toda la carretera ribereña. La gente de por aquí dice que a los migrantes los cruzan 3 kilómetros más abajo del puente fronterizo. Aunque hay quien dice que los cruzan por donde ellos quieran.

El cruce fronterizo es un negociazo que deja miles de dólares, por eso integrantes del Cártel del Golfo lo cuidan con demasiado recelo. Los lugareños cuentan que hace año y medio acercarse al río sin autorización de ellos era peligroso. Te corrían ‘a la mala’.

También cuentan que, desde entonces, entre esos troncos espinosos, agazapados entre el ramaje, trabajadores del cártel vigilan quién entra y quién sale. Hasta a los que pescan para consumo personal les han puesto una cuota para que ingresen.

Es en el Río Bravo (Río Grande para los americanos) donde muchos migrantes terminan ahogados. Es un río traicionero cuyo relieve “te chupa” y te avienta. La desesperación de llegar pronto al otro lado, así como el cansancio, es la razón por la que muchos migrantes son arrastrados por la corriente del río hacia su desembocadura en el Golfo de México, en Playa Bagdad.

Son miles las historias urbanas sobre el Río Bravo. Unos dicen que los cuerpos ahogados son enterrados en alguno de los cientos de poblados que limitan con el río. Otras que los malosos los queman en algún poblado perdido por diversión. Otras historias dicen que los cuerpos llegan al Golfo y se hunden para siempre. Sin embargo, en un repaso por la prensa local, se ve bastante común que las personas ahogadas en realidad son llevadas a las morgues locales.

Meses atrás se había advertido de un mayor flujo de migrantes por esta zona del Golfo. Pero el pastor Héctor Silva, encargado del albergue Senda de Vida y que recibió a la Caravana de Madres Centroamericanas, cuenta lo contrario.

El flujo de migrantes centroamericanos bajó en un 60 por ciento debido al Programa Frontera Sur.

“Nos están llegando unos 60 al albergue diariamente. Pero antes solían ser más. Es normal que por temporadas suba y que por temporadas baje, ya ve que esto de la migración es así”, dice un Silva reluciente revestido con una guayabera blanca.

Es en ese albergue que él dirige así como en el de Nuestra Señora Guadalupe, donde centenas de migrantes llegan para estar unos días, juntar dinero y fuerzas para intentar cruzar. Sin embargo, ya Rubén Figueroa del Movimiento Migrante Mesoamericano ha dicho anteriormente que la mayoría de los migrantes, por desconfianza, no llegan nunca a uno de ellos.

De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Migración, la Secretaría de Relaciones Exteriores presentó entre enero y septiembre de este año, ante su delegación tamaulipeca, 8 mil 290 extranjeros. De esos, 8 mil 095 son centroamericanos. También presentó a mil 888 menores extranjeros. De los cuales mil 864 son centroamericanos, 795 de esos eran no acompañados.

Pero la prensa local estima que esas cifras pueden cuadriplicarse. El negocio de los cruces lo lleva la policía Federal con “los malosos”, como se refieren, casi en silencio, al Cártel del Golfo.

Las autoridades locales, off the record, indican que desde meses atrás se han respetado el grupo que domina la frontera de Reynosa, Cártel del Golfo y los Zetas, que dominan la frontera de Nuevo Laredo. Así como también la llevan “en paz” con el grupo que domina la frontera de Matamoros, que también son del Cártel del Golfo pero de otra fracción que no se lleva con la de Reynosa.

De Monterrey a Reynosa

Antes de llegar a Reynosa, sentada dentro de una camioneta, Irma Yolanda Pérez de Guatemala cuenta sobre su hijo Gerber Estuardo García Pérez que desapareció en la frontera entre Veracruz y Tamaulipas.

“Me avisaron de una nota en Primer Impacto. Un señor de San Miguel Dueñas, papá de uno de los cinco que se fue con mi hijo, me dijo que los habían agarrado en una combi arriba de Veracruz, entrando a Tamaulipas. Desde entonces nada se ha sabido de él”, relata.

Eso fue el 10 de noviembre de 2010. Gerber Estuardo, el cuarto de 12 hijos, había salido con la intención de llegar a los Estados Unidos para hacer dinero y ayudar a sus hermanos menores a terminar una carrera. Su papá, quien mantenía a la familia, fue asesinado por extorsión de un grupo delincuencial.

Quien escucha la historia es Isidora de Jesús Zuñiga, otra de las mujeres que viajó en la comitiva de la XII Caravana de Madres que hizo el desdoblamiento para buscar en la frontera de Reynosa pistas sobre otros migrantes desaparecidos.

Ella busca a su hijo Josué Idelfonso Molina Zuñiga que desapareció el 15 de diciembre de 2015 en Nuevo Laredo. En su última llamada él estaba esperando en un hotel de esa ciudad.

“Él salió el 10 de diciembre de San Francisco Pespire, Choluteca, Honduras. Estudiaba ciclo, noveno grado. (el año que se hace antes de entrar a la Universidad). Salió para alcanzar al papá, en Nueva York, para hacer dinero”, relata doña Isidora.

Josué era el más chico de sus tres hijos. Y uno de los más inquietos. Desde hacía tres años que tenía “el gusanito” de irse. Estudiaba por las mañanas y era albañil por las tardes. Un día llegó a su casa de manera inesperada, tomó sus cosas y partió para la frontera norte.

“Cuando él se fue, me dijo que iba llamar. Se fue en autobús con otros chicos de 13, 14, 12 años. Con señoras. Él le llamaba a mi hija porque yo no sé mucho de celulares. Pero ya en la frontera su llamada cayó a mi celular. Me dijo ‘mamá, háblale a mi papá para que me mande dinero para cruzar el río’. Yo le hablé a mi marido las mismas veces que él me llamó para pedirlo. Cinco veces. La última vez me contestó y platicamos me dijo ‘estoy bien aquí, en un hotel’, no me dijo el nombre, sólo que estaba en Nuevo Laredo y que estaba muy bonito y que había una balsa, pero que no había podido cruzarla porque faltaba dinero. Desde entonces no tuvimos comunicación. Intenté hablar al número y no contestaron más. Sólo hacía tututu”.

Doña Isidora cuenta que después el papá de Josué llamó al hotel donde estaba hospedado. Lo único que le dijeron es que estaba en la tienda. Luego dejaron de contestar.

¿El nombre de aquí o el nombre de allá?

La comitiva de la caravana de madres centroamericanas, visitó en la frontera tamaulipeca albergues, la delegación de la Procuraduría General de la República, y el Instituto Tamaulipeco para los Migrantes.

Dicho instituto está a unos cien metros del puerto fronterizo de Reynosa y fue creado para ayudar a migrantes mexicanos deportados. Pero últimamente también, según dicen, dan apoyo a migrantes centroamericanos que luego no pueden cobrar sus cheques por falta de una identificación.

En sí, el Instituto, es una sala enorme demasiada iluminada que da dolor de cabeza. Tiene un sistema de cómputo reciente y cuatro módems de internet. Esto porque dicen que se da servicio a los migrantes que deseen conectarse a internet.

Pero no hay ninguno. Y no hay indicios de que algún migrante centroamericano haya pasado por ahí. En la hora y media que los tres padres estarán aquí tampoco vendrá nadie.

Edgar Hernández, uno de los administradores, dice que eso se debe a que este mes las deportaciones están a la baja. “Un mes deportan a muchos, otro mes no. El próximo mes, en diciembre, se viene el mes bueno”, asegura.

A los tres padres, encargados del Instituto, les toman sus datos, así como los de sus hijos, para buscarlos en la base de datos del gobierno americano.

La página se llama U.S. Inmigration and Customs Enforcement (Servicio de Inmigración y Control Aduanal) y su dominio es locator.ice.gov

Los tres padres se entristecen porque los encargados, después de unos minutos de búsqueda, no encuentran a nadie con los nombres de sus hijos. Sin embargo, Edgar Hernández, explica que los van a buscar con más detenimiento. Y que si hay una pista, los llamarán más adelante.

“Vamos a buscarlos con más detenimiento. Con todo tipo de abreviaturas posibles. Resulta que luego usan otros nombres. Ya me ha pasado que vienen y cuando les pregunto su nombre dicen: ¿el de aquí o el de allá?”

“Así que por aquí cruzan nuestros hijos…”

Bajo el acalorado clima de Reynosa, las madres llegan a una cruz puesta en memoria de los cientos de migrantes fallecidos en el Río Bravo. Será el último acto antes de partir a Monterrey, ya que una visita al Cereso, como se tenía contemplada por la comitiva, no fue posible.

La autorización la tiene que dar el cártel que controla la cárcel y conseguir eso en unas horas es imposible. Una funcionaria que ayudó en las diligencias para que la Caravana visitara los demás puntos contemplados, reconoció desde el principio que “aquí el crimen organizado es fuerte”.

Los tres padres colocan debajo de la cruz las imágenes de sus hijos así como decenas de otros rostros enmicados que se han perdido en la ruta migratoria y fronteriza.

La cruz cuya construcción data de hace 12 años está a unos metros del Río Bravo y casi a un lado de la entrada al puente fronterizo donde se estima que hay por mes unos diez mil cruces “legales “ hacia McAllen.

No hay una cifra exacta de cuántos muertos deja esta frontera. Es desconocida. Nadie realmente sabe cuántos sueños se ahogan bajo el cielo limpio y azuloso de Reynosa.

Doña Isidora se aparta un momento mientras la prensa local entrevista a los otros dos padres. Mira cómo unos hombres que se adentran para pescar por una pequeña vereda que se abre entre árboles espinosos.

Los troncos espinosos no le impiden ver el río desde la banca donde se ha sentado un momento. Al otro lado se alza un muro. “El muro que desaparece a nuestros hijos” como dice uno de los lemas de la XII Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos.

Después de un rato Isidora se levanta. “Así que por aquí es por donde nuestros hijos cruzan o desaparecen” dice al incorporarse. Se quedará mirando el río unos minutos más.

Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx
 

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