Said Hernández / Tucán
La escena no pasó desapercibida. En un acto público quedó captado en video el momento en que una asistente del ministro indígena Hugo Aguilar se inclina para limpiar el calzado del ministro presidente. La imagen es contundente. Más allá del gesto, lo que genera indignación es la actitud: Hugo Aguilar, con una mirada distante, casi de alteza, no detuvo la acción. Permitió que continuara y que concluyera ese “trabajo” que evoca tiempos que México dice haber dejado atrás.
Limpiar los zapatos de una autoridad en pleno evento público no es un acto de cortesía ni de respeto institucional. Es una imagen de sometimiento, de jerarquías mal entendidas y de lujos simbólicos innecesarios en un país donde millones carecen de lo básico. Es un retroceso que contradice los discursos de austeridad, igualdad y cercanía con el pueblo.
El contraste duele aún más cuando se observa el contexto nacional. México enfrenta carencias profundas: hospitales sin medicamentos, escuelas sin mobiliario, comunidades sin agua potable, caminos intransitables y familias que sobreviven al día. En ese escenario, las imágenes del poder importan, porque comunican prioridades. Y el mensaje que se envía es devastador.
No se trata de un hecho aislado. Apenas ayer salió a la luz pública la existencia de una estética dentro del Senado de la República, donde representantes del pueblo se realizaban tintes de cabello y otros tratamientos estéticos en horarios laborales.
Mientras tanto, ciudadanos esperan horas para ser atendidos en clínicas públicas o pierden jornadas completas intentando resolver trámites básicos.
Ambos casos reflejan una desconexión peligrosa entre quienes ejercen el poder y la realidad cotidiana del país. No es solo una cuestión de formas, es una cuestión de fondo. El poder que se asume como privilegio termina olvidando su razón de ser: servir.
México no necesita símbolos de grandeza personal ni escenas que recuerdan al servilismo del pasado. Necesita autoridades sensibles, coherentes y conscientes de que cada gesto público pesa.
Porque mientras unos limpian zapatos y otros se retocan el cabello en oficinas oficiales, hay millones de mexicanos limpiando su propia esperanza con salarios precarios y oportunidades limitadas.
El país no está para reverencias. Está para resultados.









