Gentrificación en Oaxaca: crece el turismo, se apagan los barrios

Julisa Sánchez / Tucán
Entre la derrama económica y la transformación urbana, la capital oaxaqueña enfrenta el riesgo de perder la esencia de sus barrios tradicionales y la identidad de quienes les dieron vida.
Oaxaca de Juárez vive una transformación que tiene dos caras. Por un lado, el turismo impulsa la economía, genera empleos y abre oportunidades para comerciantes, artesanos, hoteleros y prestadores de servicios. Por otro, el crecimiento turístico y el encarecimiento de la vivienda.
La gentrificación es una realidad que avanza entre las calles de cantera, fachadas coloniales y edificios históricos. Inmuebles catalogados como parte del patrimonio cultural de la humanidad han cambiado su vocación habitacional para convertirse en bares, hoteles, restaurantes y tiendas de artesanías, mientras vivir en el Centro Histórico se vuelve cada vez más complicado para algunas familias.
Lo cierto es que el Oaxaca antiguo, donde los vecinos se conocían por su nombre, compartían las historias de sus familias y mantenían vivas las costumbres de sus barrios, parece quedar cada vez más lejos.
En barrios tradicionales como Jalatlaco, el Carmen, Xochimilco y el Marquesado, entre otros, la transformación no solo se refleja en las fachadas restauradas o en los nuevos negocios. También se percibe en la ausencia de antiguos habitantes, en las casas que dejaron de ser hogares y en las historias que desaparecen cuando una familia se marcha.
Lo cierto es que el lado positivo es innegable en estás épocas de crisis, la actividad turística ha dado proyección internacional a Oaxaca, favorecido el consumo de productos locales y abierto espacios para la promoción de la gastronomía, las artesanías y la cultura. Sin embargo, el beneficio económico no siempre llega por igual a todos, y el desarrollo pierde sentido cuando quienes han construido la identidad de la ciudad ya no pueden permanecer en ella.
El problema no es que Oaxaca reciba visitantes ni que existan nuevos negocios. El desafío es evitar que el turismo desplace a sus habitantes, que las rentas se vuelvan inaccesibles y que los barrios terminen convertidos en escenarios para visitantes, pero sin la vida cotidiana que les dio su carácter.
Debemos recordar que el patrimonio de Oaxaca no está únicamente en sus templos, calles, edificios y monumentos. También vive en sus vecinos, en los mercados, en las fiestas patronales, en las conversaciones frente a las puertas de las casas y en las memorias que pasan de una generación a otra.
En ese sentido poco servirá presumir una ciudad colonial impecable ante el mundo si, en el camino, desaparecen las familias, las costumbres y las voces que durante décadas le dieron vida.
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