La nueva oleada de migrantes africanos que cruzan por México

Abandonan un continente para cruzar otro. Miles de kilómetros, meses de viaje, una fortuna invertida para llegar a su destino: Estados Unidos. Es la nueva oleada de migrantes africanos que desde hace unos meses arriba a la frontera sur de México. Una diáspora de la que apenas hay noticias.

Africanos en la frontera
Africanos en la frontera

Texto: Alberto Nájar

Foto: Ximena Natera

Lo más difícil para Fahrid no fue despedirse de Guinea, su país natal, sino caminar durante varios días por la selva de Colombia.

El migrante y su compañero de viaje, Bryce, tenían varias semanas en el periplo.

Salieron de África en un avión que les llevó a Brasil, y de allí emprendieron camino por autobús hacia Perú, luego Ecuador y después “el bosque colombiano”, como llama a la jungla el joven de 25 años.

A veces temieron que iban a perderse, un miedo que se avivó con su desconfianza a los guías y la necedad de hablar en el caló de su tierra.

Al final abordaron un nuevo autobús que los llevó a Panamá, y después el camino se detuvo en Tapachula, al principio de la última etapa de su viaje a Estados Unidos… Y también el más peligroso.

  • ¿Hacia dónde van a seguir?- les han preguntado en el hotel donde se hospedan
  • A la Ciudad de México.
  • ¿Y después?
  • No sabemos, no conocemos a dónde podemos ir. Todavía no decidimos.

La incertidumbre de los jóvenes de Guinea es la misma de cientos de africanos que todos los días están llegando a la frontera sur de México.

No se sabe a cuánto asciende el flujo de africanos en el país. En el Camino consultó al Instituto Nacional de Migración (INM) sobre los datos, pero la respuesta fue que las autoridades mexicanas no consideran “relevante” el flujo de estas personas en el país.

Aunque es claro que el fenómeno va en aumento. En 2013 el INM detuvo a 545 migrantes de origen africano. Dos años después el número se cuadruplicó: hasta diciembre de 2015, los asegurados fueron 2,045.

Provienen de distintas regiones de ese continente. El INM ha detectado migrantes de Angola, Benín, Burkina Faso, Camerún, Chad, Congo, Egipto, Eritrea, Gambia, Malaui, Liberia, Sarahaui…

La mayoría de los “asegurados”, la nueva forma del INM para llamar a los detenidos por agentes migratorios, son somalíes. Le siguen ghaneses y luego eritreos.

Los datos corresponden a los migrantes detenidos que, según estiman organizaciones civiles, representan sólo una parte de las personas que realmente ingresan a México sin documentos.

Prácticamente todos usan uno de los nuevos caminos favoritos de los traficantes de personas: volar de África, Asia o Medio Oriente hacia Sudamérica, y de allí seguir por tierra hasta Centroamérica, México y Estados Unidos.

Es “una ruta muy publicitada”, explica Claudette Walls, representante de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) en Tapachula, Chiapas.

Las bandas aprovechan que algunos países latinoamericanos, como Ecuador, no piden visa a países africanos, y por lo tanto la nación se convierte en una especie de trampolín para viajar al norte.

También aprovechan vacíos legales en México, donde las autoridades migratorias se ven obligadas a entregar oficios de salida a ciudadanos de países sin representación diplomática.

A ellos no se les puede conceder el derecho a la asistencia consular que marcan los convenios internacionales. Es el caso de Eritrea o Burkina Faso, por ejemplo.

Otro de los recovecos legales es el alto costo de repatriación de estos migrantes. En estos casos el INM suele adoptar decisiones pragmáticas y les entrega el documento para salir del país.

La estrategia revela un alto nivel de organización en estos grupos, indican especialistas. Las bandas incluso establecen alianzas con grupos locales en las distintas regiones donde operan.

En el caso mexicano, por ejemplo, los traficantes pagan cuota a Los Zetas para usar sus rutas, y recientemente también al Cartel Jalisco Nueva Generación.

De acuerdo con especialistas las bandas suelen trabajar de manera similar a las grandes compañías legales, es decir, establecen alianzas y acuerdos con organizaciones locales.

Así, un grupo se encarga de sacar a las personas de África, otro de trasladarlos por Sudamérica y uno más de su recorrido por la región central del continente.

Cuando llegan a México la misma red se encarga de llevarlos por el país hasta ciudades fronterizas, especialmente Tijuana o Ciudad Juárez.

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Para la OIM y otros especialistas, el origen diverso de la diáspora africana en México tiene varias explicaciones: una, que no necesariamente se trata de personas que abandonan su país por conflictos bélicos, como sucede con los que provienen de Siria, Irak o Irán.

Dos, que no son pobres, porque no cualquiera puede costear un viaje de esta magnitud: el costo promedio es de entre 10,000 y 20,000 dólares. Una travesía que pude durar varios meses antes de concluir.

Y tres: que muy pocos pueden hacer el viaje sin el respaldo de organizaciones internacionales de tráfico de personas.

Hay otros elementos que comparten con otros flujos migratorios. Uno de ellos es que los africanos cuentan con una red familiar o de amigos que les sostiene el viaje.

A diferencia de grupos como los hondureños, por ejemplo, los migrantes de África tienen un mayor nivel de integración según datos del Pew Hispanic Center que miden el comportamiento de las diásporas en Estados Unidos.

Estas mismas redes facilitan cruzar por México. Aunque en algunos casos están expuestos a los mismos riesgos de secuestro, asalto y abuso sexual que otros migrantes, muchos africanos utilizan aviones o autobuses para moverse por el territorio.

Es una diáspora silenciosa que ahora se detecta porque aumentó el flujo. Antes, dice la representante de OIM, encontraban de forma esporádica “uno o dos casos”. Ya no más.

 “Nos damos cuenta que hay una fuerte migración extra continental de África pasando por acá”, reconoce. “A la mayoría se les ubica en los alrededores de la estación migratoria”, llamada Siglo XXI.

Hay razones para eso. A diferencia de otros migrantes los africanos buscan entregarse al INM, con la idea de conseguir un oficio de salida.

Ellos le dicen “salvoconducto”, pero en realidad se trata de un emplazamiento para abandonar el país antes de 30 días. El documento permite moverse por el país hasta un punto de salida, que puede ser un aeropuerto o ciudad fronteriza.

Lo más importante es que evita una eventual captura por agentes migratorios y enfrentar una deportación. Un elemento distinto en la diáspora, pues no muchos migrantes saben de esta posibilidad legal.

No es el caso de Fahrid y Bryce. En Tapachula lucían desorientados, no sólo porque era su primera vez en México sino porque apenas hablan unas palabras en español.

Tampoco parecían saber el tamaño del país. Viajar a la capital era la única expectativa pero el resto del camino a Estados Unidos no estaba claro.

Ni tampoco el riesgo de cruzar por zonas como Tamaulipas o Veracruz, donde se registra el mayor número de secuestro de migrantes.

“Ya estando en la ciudad vamos a decidir”, insiste Fahrid. Lo que importa es concluir el viaje y sacudirse, sobre todo, el amargo recuerdo de la selva colombiana.

enelcamino.periodistasdeapie.org.mx

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